Por Ximena Sapaj, Directora de Inteligencia Social y Estudio Marcas con Valores
Esta reflexión nace de una conversación inspiradora con las filósofas Astrid Wagner y Remedios Zafra, junto a Victoria de la Calle, Directora de Marketing e Influencia, que tuvo lugar el pasado 24 de febrero de 2026 en el espacio 21gramos tras la publicación del Estudio Marcas con Valores 2026: Sentido de Futuro.
Cada vez se nos hace más cuesta arriba ver a nuestros amigos más allá de la pantalla. A veces, hasta a través de ella, porque la velocidad del día a día hace difícil incluso una breve videollamada. No se trata de un problema individual: vivimos en un momento de cansancio social. Todos y, especialmente, los jóvenes, quienes sienten que habitan un mundo cada vez más exigente, acelerado y difícil de sostener emocionalmente.
Es el gran síntoma de un contexto social, económico y tecnológico que premia el aprovechamiento del tiempo y deja poco espacio a la improvisación desplazando, en consecuencia, lo humano —nuestras relaciones, lo que nos sostiene, nos eleva y nos proyecta— a un segundo plano. Resulta inútil, poco productivo. El resultado: horizontes cada vez menos claros de sentido, porque el futuro es imposible de comprender desde la soledad.
Según la psicoterapeuta Jennifer Gerlach, las amistades son cada vez más cortas. Queremos las cosas más fáciles, menos demandantes, porque es a lo que empezamos a estar acostumbrados. Navegando a diario entre notificaciones incesantes, planificaciones meticulosas y herramientas de gestión aplicadas al simple acto de vivir, reunirse con amigos se siente más como una tarea logística que un encuentro espontáneo y necesario para nuestro bienestar. Nos da pereza.
En este contexto, quizá uno de los desafíos más urgentes sea revisar algunos conceptos que durante décadas han organizado nuestra forma de entender la vida social. Palabras como la autonomía, el éxito, los valores y, particularmente, la comunidad, siguen utilizándose con naturalidad; sin embargo, su significado ya no es el mismo.
Reconocerse en otros ojos
En esta tendencia a la simplificación propia de la cultura contemporánea es inevitable dividir la realidad en términos binarios. Ataque o defensa. Control o caos. Éxito o fracaso. Este tipo de lógica reduce la complejidad de la experiencia humana y convierte la vida social en un campo de batalla simbólico donde siempre hay vencedores y vencidos. Cuando empezamos a organizarnos de este modo, el otro deja de ser alguien con quien construir algo en común y pasa a ser alguien contra quien posicionarse. La lógica binaria funciona, por tanto, como la lógica de la confrontación.
Todo lo contrario a lo que exige la comunidad: matices, escucha, reconocimiento mutuo y cooperación. Porque la comunidad se teje, y tejer implica singularidades. Cada persona mantiene su historia, su experiencia, lo que le hace diferente al otro, y son esas singularidades las que se vinculan entre sí dando dimensión a algo fundamental: aprendemos a vivir con otros cuando alguien nos mira, nos reconoce y nos acompaña. En ese reconocimiento se crea un espacio de confianza que sí hace posible habitar el mundo junto a los demás.
Sin embargo, buena parte del ecosistema social contemporáneo parece ir en la dirección contraria. No es ninguna casualidad que en nuestro Estudio Marcas con Valores – Más allá de la Z, un anexo de nuestra investigación que invetiga el estado de ánimo de esta generación nacida entre 1996 y 2010, la mayoría de los jóvenes (62%) aseguren que las redes sociales les roban tiempo, energía, bienestar y sentido crítico. . «Ya no nos aburrimos; no tenemos otro estímulo aparte de las redes sociales en las que estamos todo el rato… No le damos tiempo al cerebro para descansar», explicaba uno de ellos.

No es casual. El entorno digital en el que viven (y vivimos) se organiza alrededor de una disputa central: capturar y mantener la atención. Los algoritmos, diseñados para estudiar sus gustos, no favorecen la comprensión o el diálogo, sino que se centran en mantenerlos conectados el mayor tiempo posible ofreciéndoles solo lo que les atrae. Como resultado, homogeneizan sus miradas y les desconectan primero del entusiasmo; después, de lo que sienten y, finalmente, les dirigen hacia la apatía.
En ese contexto, el flujo constante de información, imágenes y estímulos les acostumbra a reaccionar rápidamente antes que a comprender. El scroll infinito se convierte así en una metáfora de la experiencia cotidiana, una sucesión continua de contenidos que apenas dejan espacio para la reflexión. En medio de ese movimiento constante surge una pregunta inevitable: ¿qué miramos realmente cuando no nos detenemos?
La aceleración también afecta a la relación con el tiempo, y por tanto, al sentido de futuro. «La idea de un futuro mejor depende, en gran medida, de creer que ese futuro es posible. Pero la falta de imaginarios positivos, unida a la sensación de impotencia ante problemas profundos y numerosos, deja a muchas personas con una pregunta: ¿qué puedo hacer yo, como individuo?», argumentaba la filósofa Astrid Wagner en nuestra conversación.
Recuperar la autonomía
Durante gran parte del siglo XX, la idea de futuro estaba intrínsecamente asociada a la idea de progreso. Se suponía que el mundo que vendría sería mejor que el presente. Hoy, sin embargo, esa idea se apaga: el mañana está teñido por la incertidumbre, las crisis ecológicas, las tensiones geopolíticas y la precariedad laboral.
Esto es especialmente palpable en la Generación Z, que ha crecido con la promesa de que del esfuerzo como garante de la estabilidad y progreso, pero se ha encontrado con un escenario mucho más incierto y el camino del progreso roto. A esta frustración se suma además un relato constante, amplificado por las redes sociales, que sigue asociando el éxito al rendimiento, la productividad y la autosuficiencia individual: «Cómo conseguir trabajo rápido». «Así dejé de distraerme y monté mi negocio». «La rutina de cinco minutos que cambiará tu vida». «Cómo ganar dinero mientras estudias sin perder tiempo».
Se produce así una ruptura silenciosa entre futuro y esperanza que hace que el presente se vuelva más pesado y refuerce una cierta sensación de que muchas decisiones no dependen realmente de uno mismo, sino de cosas que escapan a su control: algoritmos que organizan la información, mercados laborales inestables o sistemas tecnológicos que orientan sus opciones.
«Recuerdo que de niña pensaba en el futuro como algo que evocaba mejora. Pero llevamos décadas en las que esa asociación se ha debilitado: mirar hacia el futuro ya no devuelve necesariamente una imagen esperanzadora», reflexionaba la filósofa Remedios Zafra. «Esa ruptura tiene mucho que ver con ese presente continuo, una sensación de aceleración, de vivir y estar en un mundo que se ha naturalizado. Y, en ese proceso, también se ha ido erosionando algo más: el vínculo con lo colectivo, que
En este escenario, conceptos que antes parecían claros comienzan a mostrar sus límites. Uno de ellos la autonomía. Tradicionalmente se entendía como la capacidad individual de elegir libremente y construir el destino propio y, hoy, sin embargo es una idea que se queda insuficiente. Por eso, necesitamos leer la autonomía como algo relacional, la capacidad de construir la propia vida junto a nuestras redes de cuidado, instituciones y, también, la tecnología.
El deseo de luz produce luz
Algo similar ocurre con la idea de éxito. Que cada persona puede alcanzar cualquier meta si se esfuerza lo suficiente en la práctica es un ideal que se apoya en un modelo muy concreto de reconocimiento: visibilidad, rendimiento, productividad y acumulación económica.
Uno, influido por la lógica del tecnocapitalismo contemporáneo, que mide el valor de las personas por su rendimiento o su capacidad de destacar, dejando fuera dimensiones clave para recuperar el sentido de futuro, como los vínculos o el cuidado. La experiencia compartida, al fin y al cabo. Cuando lo productivo se impone sobre lo significativo, la vida social pierde profundidad.
Por eso resignificar el éxito no significa rechazar el esfuerzo o la ambición, sino ampliar su significado. En otras palabras, desplazar la mirada hacia lo que sí que sostiene la vida: la cooperación, el cuidado mutuo y la construcción de proyectos comunes. En palabras de otro de los jóvenes participantes en nuestro estudio, «lo que viene ahora es conectar con uno mismo, hacer cosas más humanas».
En última instancia, muchos de los problemas que enfrentamos hoy no pueden resolverse desde la soledad. Desde la crisis climática hasta las transformaciones tecnológicas y el resto de los grandes desafíos de nuestro tiempo requieren respuestas colectivas. Afrontarlos en solitario no tendría sentido ni efecto. Solo conseguiría desesperarnos. Por eso, recuperar la esperanza pasa por traer de vuelta el sentido de lo común.
Tejer comunidad significa reconocer que nuestras vidas están entrelazadas. Significa sentir que nos cuidamos mutuamente para poder habitar el mundo. Y significa también comprender que las preguntas más importantes de nuestro tiempo no se responderán desde la lógica de la confrontación, sino desde la capacidad de reconstruir espacios de encuentro, diálogo y cooperación.
Para una generación como la zeta, a la que siempre se le ha calificado peyorativamente como inconformista, lo que contamos aquí no puede ser solo un diagnóstico. Tiene que convertirse en una posibilidad. En el paisaje actual hay expectativas erosionadas, pero precisamente por las grietas siempre hay una oportunidad para que encuentre un hueco la claridad.
Lo decía Simone Weil: el deseo de luz produce luz. También el deseo de reconstruir las prioridades puede reconducir su mirada, la nuestra y la de la sociedad al completo hacia nuevas formas de estar juntos en un mundo que parece acelerarse cada vez más. Ese inconformismo, tantas veces señalado como defecto, también puede ser una forma de lucidez: no dar por válidas reglas que ya no garantizan el sentido, lejos de ser un obstáculo, puede suponer el punto de partida para imaginar otras formas de vida más conectadas, pero bien conectadas. No se trata de adaptarse a lo que hay, sino de recuperar —y actualizar— algo básico: la capacidad de crear vínculos significativos, de sostener redes de apoyo y de imaginar proyectos compartidos.


