Reescribir juntos el final del desperdicio alimentario

Durante generaciones en los hogares la comida no se tiraba, las abuelas hacían magia con las sobras y en las tiendas y mercados todavía se vendían productos feos que, a día de hoy, no llegan a las estanterías. Aunque se dan pasos contra el desperdicio alimentario, como la recién aprobada ley española, una norma pionera en Europa que obliga a bares y restaurantes a ofrecer envases para llevarse las sobras, exige a los supermercados que donen sus excedentes o apela a toda la cadena alimentaria para evitar que la comida acabe en la basura, entre otras cosas, queda mucho por hacer. 

Desde que un alimento se cosecha en el campo, se pesca en el mar o se produce en la granja hasta que llega a nuestra mesa, ya sea en nuestro hogar o en un restaurante, el viaje suele ser largo. Y en la sociedad acelerada de hoy parece que no tenemos tiempo para pararnos a pensar en que casi la mitad de estos alimentos se pierden por el camino. Las personas involucradas en proyectos como EIT Food, una iniciativa de innovación alimentaria líder en Europa que tiene el objetivo de hacer que el sistema agroalimentario sea más sostenible, saludable y de confianza trabajan por que esta historia tenga otro final.

La pérdida y el desperdicio alimentario en el sur de Europa

Puede parecer un problema lejano, pero no lo es. En el sur de Europa cada persona (es decir, tú y yo) tiramos una media de 132 Kg de alimentos al año. Siguiendo esta premisa, y convencidos de que podemos darle una vuelta, desde EIT Food South, en colaboración con 21gramos, hemos elaborado La pérdida y el desperdicio alimentario en el sur de Europa, un informe que mira de cerca lo que sucede en países como España, Grecia, Turquía, Malta y Chipre para inspirar al cambio.

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6+1 claves para abrir la puerta a un nuevo modelo alimentario

En Europa ya hay caminos que nos enseñan que un cambio hacia un modelo alimentario más justo, eficiente y sostenible es posible. A través de seis más una grandes ideas, este informe condensa las palancas necesarias para activar la transformación.

  • Primero, prevenir. Antes que curar, prevenir. ¿Como? Entre otras cosas, dando visibilidad y concienciando sobre el problema a los más jóvenes. Esto significa evitar que los alimentos lleguen a convertirse en residuos. Con campañas que lleguen a pie de calle, a la compra semanal y a nuestros hábitos cotidianos. En lugares donde la regulación aún no ha dado el paso, la prevención es una vital aliada para despertar conversaciones y hábitos más responsables.

 

  • Perder no es lo mismo que desperdiciar. Aunque parezcan sinónimos, la pérdida y el desperdicio no juegan en el mismo terreno. Esto empieza por entender que una gran parte (más grande de lo que creemos) ocurre antes de que la fruta o la verdura haya salido de la tierra, en el campo o durante el transporte. El desperdicio en cambio sucede cuando estos alimentos (ya al alcance de nuestras manos) terminan en la basura sin haberlos aprovechado. Si queremos soluciones a medida, tenemos que conocer la diferencia.

 

  • Lo que no se mide, no mejora. Saber cuánto se desperdicia, es tan importante como evitarlo. Pero hoy en día, medir bien, sigue siendo una asignatura pendiente. Para esto no hay un único camino, además de medir, hace falta formación, sistemas de gestión accesibles y un enfoque en donde todos los actores puedan participar para tener una foto clara del problema.  Facilitar, por ejemplo, el acceso a las tecnologías o la inteligencia artificial es clave para que todos podamos reducir las pérdidas.

 

  • Un sistema y muchas (muchísimas) voces. Sabemos que el valor de la comida (como casi todo) empieza en casa, empieza en uno mismo. Pero la alimentación, y sobre todo este problema al que nos enfrentamos, no es solo cosa de uno, hace falta un enfoque colectivo. Productores, distribuidores, administradores, consumidores…todos tenemos algo que aportar. Y no se trata solo de donar lo que sobra, sino de encontrar la forma de evitar que sobre tanto desde el principio. Ese es el camino.

 

  • Políticas que suman, no que se pisan. A veces, las buenas intenciones no son suficientes. Hace falta coherencia y unión entre las regiones europeas. Diseñar políticas que hablen el mismo idioma es clave para que las iniciativas locales escalen y se complementen.

 

  • Dar alas a quienes se atreven. En cada rincón (que muchas veces no vemos) del ecosistema agroalimentario, surgen cada vez más ideas valientes: desde apps que conectan con nuevos mercados, hasta startups que convierten sus productos en recursos valiosos. El reto ahora es darles alas, invertir en su crecimiento y facilitarles la escalada. Esto es resumen, es apostar por un sistema alimentario más innovador, resiliente y circular. 

 

  • +1. Y por encima de todo, hacerlo juntos. Frente a un desafío como este, no valen soluciones individuales ni esfuerzos aislados. Necesitamos alianzas reales entre consumidores, empresas, instituciones y organizaciones. Solo así podremos transformar el desperdicio en oportunidad, y construir un sistema alimentario que no solo alimente, sino que también cuide del planeta y de las personas. Esta es una invitación a sumar, a implicarse y a no mirar hacia otro lado.

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