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«Ya No Vale Con Conservar Lo Que Tenemos, Hay Que Regenerar Lo Que Hemos Destruido»

«Ya no vale con conservar lo que tenemos, hay que regenerar lo que hemos destruido»

Por Marta González-Moro, CEO de 21gramos e impulsora de Marcas con Valores

La dura experiencia del COVID–19 ha puesto de manifiesto la urgencia de transformar nuestro modelo de producción y consumo. ¿Qué economía necesitamos para la «nueva normalidad»? Hablamos con Diego Isabel La Moneda, el último invitado a los #DiálogosMconV en nuestro canal de Instagram. El fundador de NESI Global Forum acaba de impulsar el Plan A, una iniciativa que plantea algo tan obvio como ineludible: no tenemos planeta B ni vida B. Abandonemos las recetas del pasado para poder construir futuro.

La dura experiencia del COVID–19 ha puesto de manifiesto que la salud y la economía son dos pilares básicos para el bienestar de las personas y que debemos repensar sin dilación el modelo económico.

Es ahora o nunca. Se abre un momento de repensarlo todo: cómo consumimos, cómo producimos y cómo vivimos. Más que de reconstrucción económica y social, a mí me gusta hablar de transformación, porque reconstruir es volver a lo que teníamos antes y está claro que había cosas que no funcionaban. Transformémoslas.

Eso requiere innovar la «normalidad» y sumar voluntades. Desde NESI habéis impulsado el Plan A. ¿Cuáles son los pilares sobre los que reposa la iniciativa?

El objetivo esa transformación económica y social. Toma el nombre de Plan A porque no tenemos planeta B ni tenemos vida B. Se sustenta en cinco pilares. El primer pilar es la economía con propósito, con sentido. Cada marca, cada empresa, tiene que tener muy claro para qué existe, que está trayendo en positivo al planeta. Si no, no la necesitamos. Por otro lado, como consumidor, tengo que tener claro por qué compro un producto y no otro. El segundo pilar es una economía local y resiliente. No tiene sentido que no hayamos podido fabricar nuestras propias mascarillas. Queremos fomentar una economía local, donde seamos capaces de producir lo que necesitamos: vivienda, medicamentos, servicios de salud, alimentación, textil… Y resiliente: cuando tuerces la rama de un árbol sano y la sueltas, la rama vuelve a su ser; si ese árbol está seco, la rama se rompe. Nuestra economía ha cascado porque no era sana. Necesitamos una economía resiliente, capaz de resistir tanto una pandemia como una crisis energética.

Necesitamos una economía capaz de resistir tanto una pandemia como una crisis energética

El tercer pilar es una economía solidaria y colaborativa, esa que hemos visto durante el coronavirus entre vecinos, de comercios de barrio… Hay que ser solidarios en lo local y en lo global. El tercer pilar hace referencia al futuro del trabajo. El modelo heredado de la revolución industrial no tiene sentido en el siglo XXI. Hay que analizar los impactos de la robotización y poner en el centro los trabajos de cuidados, en concreto los no remunerados. Y el quinto pilar: una economía circular y regenerativa.

Estos desafíos están directamente conectados con el progreso sostenible e inclusivo. Estamos siendo testigos de muchas tensiones relacionadas con las desigualdades –económicas, de género, de raza–. Las últimas, en Estados Unidos a raíz del caso George Floyd.

Esas vulnerabilidades, esas desigualdades, están a flor de piel y cualquier chispa las activa. Pero no lo vemos. Por ejemplo, las revueltas en Chile a final del año pasado, razón por la que se suspendió la COP 25 y vino a España, tenían su origen en una crisis de desigualdad. Pero el índice Gini [que mide la desigualdad en los ingresos] de la sociedad chilena es muy similar al que tenemos en España… Lo que ocurrió allí pudiera ocurrir aquí mañana. El Banco de España habla de un desplome del 15% del PIB y de una tasa de paro de hasta el 24% en nuestro país. Si se le plantea eso a cualquier economista antes de coronavirus, te dice que es una guerra, el fin del mundo. Debemos transformar la economía en profundidad si no queremos que estas chispas de la desigualdad –económica, de género, racial…– desemboquen en un colapso ya no económico sino social.

El economista Antón Costas lo denomina la cólera social.

Costas dice que hay que hacer un nuevo contrato social, no solo un contrato verde, que también. Porque las personas y el planeta somos la vida. Los economistas tradicionales, que por desgracia son la mayoría de los que escuchamos en los medios de comunicación, piensan según lo que han aprendido en los libros y eso ya no vale. Defienden que las leyes económicas son tan importantes como las leyes de la naturaleza y eso no es así. Si tienes una hipótesis, tienes que demostrar que funciona. Y si miramos el proceso científico, tanto las hipótesis del modelo capitalista como del comunista y del socialista han fracasado.

Tanto las hipótesis del modelo capitalista como del comunista y del socialista han fracasado

La mano invisible de Adam Smith todavía no ha aparecido y ya van más de doscientos años. Lo que nos proponen ahora los distintos partidos y Gobiernos son dos puntos de vista diferentes pero que ya hemos vivido en la crisis anterior: los de ideología más socialista dicen que hay que incrementar el gasto. Sí, hay que hacerlo como medida de urgencia, pero incrementar el gasto per se es como tomarte un paracetamol cuando tienes una enfermedad: te quita el dolor temporal, pero la enfermedad sigue estando ahí, y además te genera efectos secundarios si tomas demasiado. Más endeudamiento deriva en la imposibilidad de pagar luego cosas como las pensiones. Por otro lado, los liberales dicen que hay que flexibilizar más el mercado laboral, nos piden que demos un giro de tuerca más: más austeridad y menos fiscalidad para aquellos que más riqueza hayan generado.

Desde los líderes en Davos, pasando por Larry Fink o los CEO de la Business Roundtable hasta Ana Botón. Todos coinciden en la necesaria transformación del sistema y en una nueva forma de liderazgo. ¿Qué tipo de líderes necesitamos?

En el libro Tao Te King, Lao Tsé dice que verdadero líder sabe que, cuando alcanza el éxito, es porque lo ha conseguido el pueblo; es un éxito de todos. No tenemos que hablar de liderazgo sino de co-liderazgo. Por desgracia, si miramos a nuestro alrededor, encontramos líderes muy individualistas. Ese co-liderazgo debe estar basado en valores y llevarse a cualquier faceta de la vida, a la economía, a la política, a las relaciones personales. Pero para eso antes hay que desaprender. Es cierto que no debemos confundir co-liderazgo con un liderazgo totalmente plano en el que no haya nadie que empuje. En ciertos momentos, los líderes deben marcar el camino porque no todos ni en cualquier circunstancia pueden o saben liderar.

Lao Tsé decía que el verdadero líder sabe que, cuando alcanza el éxito, es porque lo ha conseguido el pueblo

Esto conecta con el concepto de liderazgo distribuido, de empoderar a las personas para que se sepan libres y capaces de tomar decisiones. Lo que a su vez conecta con la consumocracia, con el poder que tenemos las personas –como votantes, como consumidores, como empleadores, como empleados– para tomar partido en la transformación.

¿Cómo hacer para que la gente se dé cuenta de su poder? En primer lugar, con el consumo, con cada decisión de compra, determinamos qué oferta queremos. Pero es verdad que nos falta mucha autocrítica y caemos muy fácil en las trampas. Además, consumir de forma consciente requiere responsabilidad e investigar un poco. Si a esto le sumamos que, como en la política, a los humanos nos cuesta mucho menos fijarnos en lo negativo que en lo positivo… Caemos mucho antes en las garras del enfrentamiento que en las de la cordialidad y el entendimiento. Posiblemente es algo biológico: somos todavía animales paleolíticos que, ante un ataque –llámese tuit en contra de nuestras ideas–, los músculos se nos ponen más tensos y la sangre nos circula más rápido.

Elevar la ambición del desempeño ético hasta niveles muy altos a veces puede ser paralizante. Por eso hay que valorar los esfuerzos de manera justa y razonable y entender que un cambio requiere procesos y esfuerzo. Por eso desde 21gramos y Marcas con Valores creemos –y constatamos– que el buycot (premiar al que lo hace bien) es más transformador que el boicot (castigar al que lo hace mal).

De acuerdo con el III Estudio Marcas con Valores, el 82% de los españoles admira a quien ejerce el consumo consciente. Podemos decir que es un viaje aspiracional hacia la consolidación de ese consumo.

A mí me gusta decir que tenemos que poner de moda el consumo consciente. Comprar menos, comprar de segunda mano, comprar marcas con valores. El consumo consciente también es ser consciente de cuando lo haces mal. Tomar un avión y saber que igual podríamos haber ido en tren…

Precisamente constatamos en nuestro Estudio que los consumidores, cuando compran barato, asumen que ese producto o servicio está fabricado en condiciones menos responsables social o ambientalmente. El cambio llega cuando sumarte a un proyecto, comprometerte, te genera orgullo.

Por ahí viene ese cambio cultural. Ojalá el coronavirus acelere esa tendencia del consumo consciente y no nos lleve hacia un escenario de cólera social o colapso. Espero que el sufrimiento que están teniendo y tendrán muchas personas nos sirva para acometer ese cambio cultural profundo en la forma de consumir, incluso en la forma de votar y de hacer política.

¿Qué puede aportar la innovación social, muy vinculada a procesos de escucha, a detectar y entender necesidades y oportunidades? ¿Cómo la escalamos a entornos más macro?

Primero hay que definir qué es innovación social. Para mí, la innovación social son personas teniendo ideas para ayudar a otras personas. Hay un proverbio que dice que un vaso lleno no tiene ningún valor, sino que lo que tiene valor es un vaso vacío porque lo puedes llenar de agua. De la misma manera, una cabeza llena de ideas a veces no tiene valor porque no cabe en ella ninguna idea nueva. Tenemos que desaprender para que quepa la innovación. Y revisar el propósito para que la innovación no sea innovación sin más. Que una marca saque el modelo 11 o 12 de smartphone es innovación, pero no innovación social. Otra cosa es que sacara un modelo accesible o hecho con materiales que garanticen la trazabilidad del producto. Por desgracia, intentamos construir sobre lo construido, aunque hay empresas que están demostrando que se pueden hacer las cosas de manera muy distinta, que se atreven a innovar de manera radical y ponen en cuestión hasta su modelo de negocio, o se cuestionan si deberían ser más pequeñas, o deciden que muchas personas participen en la propiedad. Las marcas deben preguntarse si su modelo de negocio está realmente sirviendo a las personas y al planeta. De lo contrario, deberían reinventarlo.

Las marcas deben preguntarse si su modelo de negocio está realmente sirviendo a las personas y al planeta. De lo contrario, deberían reinventarlo

¿Por qué, hoy más que nunca, hay que trabajar en la Agenda 2030?

Prácticamente todas las empresas, los municipios y las comunidades autónomas contemplan la Agenda 2030 y el Acuerdo de París. Pero nos marcamos objetivos sin tener una ruta muy clara. ¿Estamos preparados para cumplir la salud y educación universal? ¿Cómo? Todo gestor sabe qué detrás de los objetivos y de los indicadores hay un plan de acción que revisar cada día. La Agenda 2030 tiene que estar en la agenda política, económica, empresarial y del consumidor, pero tenemos que arriesgar mucho si queremos alcanzar los objetivos. Nos puede pasar como con los Objetivos de Desarrollo del Milenio que se definieron en 2000 y sobre los que en el 2015 ni siquiera se hizo la autocrítica de no haberlos alcanzado. Muchos de los ODS son los mismos, reformulados.

Todos los ODS están conectados. El reto de salvar los océanos está íntimamente relacionado con el consumo y la educación, por ejemplo. Esto da cuenta de que los problemas (y sus soluciones) son sistémicos. ¿Cómo podemos asumir el reto de la interdependencia en este mundo global?

El ODS 17 ya nos habla de interdependencia y de la necesidad de alianzas para acometer el resto de objetivos. Yo siempre recomiendo no centrarse en uno o dos; hay que trabajar todos. Pero saber en cuál tiene mayor impacto tu actividad a nivel global y local. Porque hablar de una economía local es hablar del planeta. Si quiero tener autoconsumo energético y energía distribuida en mi barrio, necesito paneles solares que se fabrican con silicio, y el silicio está en Bolivia y en Chile. Tenemos que entender que hemos de ir hacia un proceso de globalización de la localización.

Hablar de economía local es hablar del planeta […] Hemos de ir hacia un proceso de globalización de la localización

Que todo el mundo intente hacer lo máximo en lo local en lo que se refiere a generación económica y a la vez sea solidario en lo global. Es fundamental compartir, colaborar y trabajar en red. Somos ciudadanos de un mundo global pero donde más podemos hacer es donde vivimos, en nuestro barrio, en nuestra ciudad.

¿Te atreves a hacer una predicción de futuro?

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